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Entre flores y llanto , Acayucan despide a Anita en el mismo sitio donde luchó por su familia.

José Vargas.

Acayucan, Ver.–

El centro de la ciudad no amaneció igual. En el cruce de Enríquez e Hidalgo, donde durante casi una década Ana María Jerónimo Morales levantó su jornada como canastera, esta vez no hubo pregones ni ventas. Hubo flores, llanto y un ataúd que estremeció a quienes la conocieron.

Anita, como todos la llamaban, regresó por última vez al espacio que defendió con trabajo diario durante nueve años. Tenía 50 años y una rutina marcada por el esfuerzo: madrugar, instalar su mercancía y atender con firmeza y amabilidad a su clientela. Ese sitio fue su sustento, su orgullo y el punto de encuentro con amistades que hoy no encuentran consuelo.

Su muerte ocurrió tras quedar en medio de un ataque armado en la zona centro de Acayucan. Disparos que no iban dirigidos a ella terminaron por segar su vida. La violencia, otra vez, alcanzó a quien solo estaba trabajando.

El féretro fue colocado justo donde tantas veces estuvo de pie. Las demás comerciantes formaron un círculo silencioso; algunas sostenían veladoras, otras apenas podían sostener el llanto. El ambiente era denso, cargado de impotencia. No solo despedían a una compañera: despedían a una mujer perseverante, madre, creyente, solidaria.

Sus hijas, quebradas por el dolor, abrazaban el ataúd como queriendo impedir lo irreversible. Entre lágrimas exigieron justicia, no venganza, justicia. Que el nombre de su madre no se diluya en cifras, que su historia no quede archivada como un daño colateral más.

La noticia de su asesinato se propagó rápidamente y desató indignación en distintos sectores. Porque Anita no representaba conflicto alguno; representaba trabajo honesto. Tenía planes, metas, proyectos que hoy quedaron truncados por un entorno donde las balas circulan con demasiada facilidad.

Mientras el cortejo avanzaba lentamente, el silencio decía más que cualquier consigna. En cada mirada había coraje contenido y una pregunta que nadie se atrevía a formular en voz alta: ¿cuántas vidas más deberán perderse para que la violencia deje de arrebatar a inocentes?

En el lugar que fue su trinchera diaria quedó una ausencia imposible de ignorar. La silla vacía, el espacio sin mercancía, el recuerdo fresco de su sonrisa. Acayucan despidió a Anita con dolor, pero también con una exigencia clara: que su muerte no sea una más en la larga lista de impunidad que alimenta el miedo y normaliza la tragedia.

Hoy ese cruce no es solo una esquina del centro. Es el símbolo de una vida trabajadora que terminó de manera injusta y de una comunidad que clama porque la violencia deje de dictar su destino.

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